la tercera pieza de la RFEF que se cobra el #seacabó

Andreu Camps (Tortosa, 1961) era un secretario general extraordinariamente trabajador, virtud de la que no pueden presumir todos sus antecesores en la Federación. También muy leal: antes de que se rebelaran las futbolistas de la selección, ya había firmado su acta de defunción profesional cuando envió una carta a la UEFA pidiendo amparo para su jefe (a costa de un posible perjuicio a equipos españoles). La idea, cuentan fuentes conocedoras de aquel embrollo, fue suya; pero jamás se hubiese atrevido a ejecutarla sin el consentimiento de Luis Rubiales, su presidente, de cuya gestión y filosofía fue ariete principal.

En el mundo del fútbol se abrieron probablemente más botellas de champán este miércoles por la noche, tras conocerse su destitución, que cuando la FIFA suspendió a Rubiales de toda actividad relacionada con el fútbol. Camps era muy bueno en su trabajo; le tenían miedo hasta los presidentes territoriales. «No era un secretario general al que podías llamar para que te hiciese un favor con una gestión que se te había pasado hacer en plazo», como explica uno de ellos a ABC. Hace semanas que algunos de ellos querían quitárselo de encima como fuera. Se había convertido en un activo tóxico. Pero había dos problemas: uno, inflado artificialmente, era su presunta condición de hombre clave en la candidatura a organizar el Mundial 2030 (un proceso torpedeado por el propio rubialismo); el otro, que sabía demasiado.

Camps mandaba mucho y era un negociador agresivo. Suya fue la dirección estratégica en los numerosos conflictos que jalonaron el ansia expansionista de Rubiales, empeñado en convertir la Federación en una multinacional (y cobrar comisiones por ello). LaLiga, como es habitual ya, fue su máxima enemiga. Pero también se enfrentó al fútbol no profesional. Y al fútbol-sala. Y a los sindicatos. Y a la Liga femenina profesional, a la que casi ahogó en su intento desenfrenado (con la tolerancia del Consejo Superior de Deportes) por llevarse las subvenciones públicas que ya no iban a las arcas de la Ciudad del Fútbol de Las Rozas. Llegó a irritar incluso al propio CSD.

No había batalla que no excitase el ánimo de Camps ni entresijo federativo que no conociese al dedillo. Sólo el efecto mariposa del pico a Jenni Hermoso ha podido desmontar una estructura de poder que dirigía férreamente en compañía del otro gran prócer del rubialismo, el asesor jurídico (externo) Tomás González Cueto. Muy pronto comenzaron las grabaciones y los ‘hackeos’, las amenazas a actores rivales de todo tipo y las querellas contra periodistas que avisaban de desmanes que, entonces, no le interesaban a nadie.

Las futbolistas le tenían en la mira hace mucho tiempo; ahora que nadan a favor de corriente, dejaron muy claro este martes al secretario de Estado para el Deporte que ninguna renovación era factible sin su desaparición. Era la salida más importante de todas. Habían percibido su sello incluso en las querellas anunciadas (pero no confirmadas) contra ellas por «coacciones» tras su negativa a jugar con la Selección si algunos altos cargos –el primero él– no desaparecían.

Camps llegó a la Federación con Rubiales, en mayo de 2018. (Sería reelegido de nuevo en su cargo en 2020). Doble licenciado en Derecho y en Ciencias del Deporte, había formado parte del controvertido Tribunal de Arbitraje del Deporte (TAD) desde su creación, en 2013, hasta 2017, cuando dimitió por cuestiones personales. Preparaba ya su entrada en la Federación (en el TAD había coincidido ya con González Cueto). Hoy continúa formando parte del Tribunal de Apelación de la Federación Internacional de Bádminton. Sus comienzos en el deporte entroncan con el olimpismo en Cataluña; desempeñó un cargo de coordinación en la Generalidad y fue el gran impulsor del reputado Máster de Derecho Deportivo de Lleida.

Nadie niega su capacidad de trabajo, pero nadie saldrá tampoco a defender el legado de un hombre que consintió demasiado a su jefe y estaba listo siempre para la guerra. «Espero haber servido con dignidad y profesionalidad la misión que tenía encomendada y ruego me disculpéis si en algún momento no he respondido a vuestras expectativas sobre mí», escribió en su email de despedida a los empleados. Si bien la paz en el fútbol español es una utopía, su retirada se había convertida una condición necesaria para cualquier intento serio de reconducir una situación penosa.