«Son más letales que Al Qaida»

Los Estados Unidos no abrazan los eufemismos cuando toca hablar de terrorismo. Hace casi dos décadas Bob Graham, antiguo presidente de la Comisión de inteligencia del Senado, cargó de frente contra la milicia de Hezbolá. En una entrevista concedida a la revista ‘Forward’, el también senador demócrata por el Estado de Florida confirmó que este grupo armado era «más letal» que Al Qaida y que sus operativos contaban con un entrenamiento envidiable y superior al de los comandos yihadistas. Y eso, sin hacer referencia a un arsenal de cohetes propio de un ejército: unos 8.000 proyectiles, según un informe elaborado en 2022 por ‘The Foundation for Defense of Democracies’.

Los números estremecen, y otro tanto pasa con una historia ligada a la violencia. No en vano, Hezbolá ha sido reconocida como organización terrorista por gran parte de la comunidad internacional; desde Estados Unidos al Reino Unido pasando por la Liga Árabe. La Unión Europea, por su parte, limita este apelativo a su milicia armada, y lo aparta de su ala política. Más allá de la terminología, sus miembros cuentan con tres décadas de atentados a sus espaldas –fueron pioneros en el uso de comandos suicidas– y han servido de ejemplo y de hermanos mayores para grupos como Hamás. Estos días están de triste actualidad, pues vuelven a amenazar las fronteras del Estado de Israel.

Locura de facciones

¿Cuándo nació Hezbolá? Su origen se remonta a los años setenta del siglo pasado, cuando un éxodo masivo de palestinos arribó al Líbano en busca de un nuevo hogar en el que asentarse. En la práctica, una nación se implantó dentro de otra. Acababa de forjarse un polvorín. Apenas cinco años después, en 1975, ya se habían generalizado los enfrentamientos entre las dos facciones religiosas del país. Por un lado, la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) y sus seguidores; por otro, los falangistas cristianos. Como guinda, la región contaba además con dos vecinos incómodos –Israel e Irán– ávidos de internarse en aquel estado fallido e impulsar a los grupos afines.

La guerra civil que se barruntaba estalló en 1975. Y se recrudeció con la invasión del sur del Líbano por parte de Israel en dos ocasiones –1978 y 1982– para, sobre el papel, expulsar a los guerrilleros palestinos que usaban la zona como base de operaciones desde la que atacar el Estado judío. La franja en cuestión era turbia, pues en ella se asentaban también musulmanes chiíes, de corte fundamentalista. Un peligroso cóctel preparado para estallar en un millón y medio de pedazos… Como así fue.

En todo caso, el doctor en ciencia política Mario Sznajder sostiene en ‘Historia mínima de Israel’ que, «a partir de junio de 1982, el país hebreo tuvo como objetivo pacificar la frontera norte mediante la destrucción de todos los emplazamientos militares de las organizaciones armadas palestinas en el sur». Otros expertos como Noam Chomsky, sin embargo, califican el golpe de mano de mera maniobra expansionista por parte de los israelíes con un único objetivo: ganar más territorio para su país.

Nacidos de la guerra

Lo que está claro es que ese brebaje de facciones religiosas, guerra civil e invasiones provocó el alumbramiento de Hezbolá –término que se puede traducir como ‘el partido de Dios’– en 1982. En la práctica, su germen fue un grupo de chiítas influido por el gobierno de Irán –también fundamentalista desde 1979– que tomó las armas contra la ocupación israelí. A los primeros les interesaba expulsar a los judíos del sur del Líbano; a los segundos, meter el dedo en el ojo a los hebreos y ganar adeptos en la zona. Todos ganaban, como bien explica el doctor Matthew Levitt, miembro y director del Programa Contra el Terrorismo e Inteligencia del Instituto Washington, en su ensayo ‘Hezbolá: Las huellas en el mundo partido de dios’:

«Hezbolá fue el fruto del esfuerzo iraní por reunir bajo un mismo nombre una variedad de grupos chiítas libaneses, ellos mismos resultado de la inestabilidad nacional y regional del momento. Por un lado, la agrupación surgía como consecuencia de una guerra civil compleja y sangrienta, durante la cual los históricamente marginados musulmanes chiítas habían intentado hacerse con el poder económico y político por primera vez».

El consenso es absoluto entre unos y otros: el pegamento que unió a aquellos grupos fundamentalistas contra Israel fue el odio hacia el invasor. Ehud Barak, el que fuera Primer Ministro israelí, lo corroboró en una entrevista posterior: «Cuando entramos en el Líbano no existía Hezbolá. Los chiítas nos recibieron con flores y arroz perfumado. Nuestra presencia creó a Hezbolá». Con todo, el grupo no se organizó como partido centralizado hasta varios años después. En palabras del secretario general interino de organización, Naim Qassem, el período fundacional se extendió hasta 1985, tiempo que definió como clave «para la cristalización de una visión política cuyos diferentes aspectos encontraban respuesta en el Islam».

Durante ese tiempo, Irán tuvo un papel clave en la formación de Hizbolá. Poco después de que Israel invadiera el sur del Líbano en 1982, el país envió a un millar y medio de instructores de la Guardia Revolucionaria Islámica al Valle de la Becá, uno de los núcleos de la nueva milicia. Su objetivo, en palabras de Levitt, era ayudar a exportar la revolución islámica al resto del mundo árabe. «Se exigió a todos los miembros de Hezbolá que asistieran a los campamentos militares en el valle, donde Qassem les enseñó a confrontar al enemigo», añade el experto en su obra. De aquellos cultivos brotó el ala política del grupo en 1985, como dejaron claro en un comunicado:

«Creemos que el régimen iraní es la vanguardia y el nuevo centro del principal Estado Islámico en el mundo. Acatamos las órdenes de un liderazgo único y erudito, representado por ‘Waliyat el Faquir’ y personificado por Jomeini». 

Principios de violencia

Hizbolá presentó su hoja de ruta –llamada ‘Nass al-Risala al-Maftuha allati wajahaha Hezbollah ila-al-fi Mustadafin Lubnan wa-l-Alam’– el 16 de febrero de 1985 en una carta abierta «a todos los oprimidos del Líbano y del mundo». Apenas tres millares de palabras en las que prometían expulsar del país a los elementos coloniales, se comprometían a acabar con los falangistas cristianos y alentaban a los habitantes de la región a abrazar un nuevo régimen islámico. Y todo ello, apoyados en la violencia y las armas:

«Nadie puede imaginar la importancia de nuestro potencial militar. Cada uno de nosotros es un soldado de combate. Y cuando es necesario llevar a cabo la guerra, ocupa su misión en la lucha de acuerdo con los preceptos de la Ley. […] Declaramos abiertamente y en voz alta que somos una umma [comunidad islámica] que solo teme a Dios y que no está dispuesta a tolerar la injusticia, la agresión y la humillación. Estados Unidos, sus aliados del Pacto del Atlántico, y la entidad sionista en la tierra santa de Palestina nos atacaron y continúan haciéndolo sin descanso. Su objetivo es hacer que comamos barro. Es por ello que estamos en un estado de alerta permanente con el fin de repeler la agresión y defender nuestra religión, nuestra existencia y nuestra dignidad».

Desde el primer momento, Hezbolá tuvo claro que sus principales enemigos en Oriente Medio eran «las falanges cristianas, Israel, Francia y los Estados Unidos». Para ellos, Israel era «la vanguardia de los Estados Unidos en el mundo islámico», el «enemigo odiado». Por ello, clamaban por la destrucción del Estado judío:

«Israel es agresivo desde sus inicios y ha sido construido en tierras arrebatadas a sus dueños, a expensas de los derechos de los pueblos musulmanes. Nuestra lucha terminará sólo cuando se borre. No habrá tratado con Israel, ni alto el fuego, ni acuerdos de paz. Consideramos a todos aquellos que negocien con él como enemigos».

Desde que fuera fundada al calor de la Guardia Revolucionaria de Irán, Hezbolá se ha esforzado en exportar la revolución islámica a todos los países cercanos. En estos treinta años, ha reclutado a musulmanes chiítas libaneses y ha pasado de ser una facción oscura, a una fuerza armada hasta los dientes con una influencia directa en el Estado libanés. Se han convertido, según los expertos, en el poder en la sombra del país; uno al que apoya la población. Para colmo, mientras que otros grupos fueron obligados a desarmarse con el final de la guerra civil en 1990, a ellos se les permitió conservar sus armas para enfrentarse a las fuerzas israelíes.

El cenit de su poder se vio en 2006, cuando aplastaron al ejército del Estado judío en una guerra que apenas duró un mes. Aquellos días, esta milicia lanzó miles de cohetes contra sus enemigos, una muestra más de su poderío. Sus números son escalofriantes. Según declaró en 2001 su líder, Sayyed Hassan Nasrallah, cuentan con 100.000 combatientes, dinero y armamento de sobra para enfrentarse a Israel. Lo que harán en las próximas jornadas, no obstante, es todavía un misterio. ¿Atacar o aguardar? Solo el tiempo lo dirá.